Miedo a dormir solos

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Miedo a dormir solos

Tener miedo es una de las sensaciones más comunes en el ser humano y presentes a lo largo de toda una vida. No sólo de niños. Incluso siendo adultos hay muchísimas cosas que nos asustan y que tememos. Estos miedos son diferentes, obviamente, a los que sufrimos de pequeños, pero al final, no dejan de causarnos el mismo impacto.

También, es de lógica que, en comparación, demos un valor menor al miedo de un niño a, por ejemplo, dormir solo porque cree en el monstruo de debajo la cama; al miedo de todo un adulto de enfrentar una reunión de trabajo importante que puede valerle un ascenso o el despido. Clasificamos, por suerte, los miedos de los más pequeños como pasajeros y de poca intensidad, pero la preocupación no desaparece y el estado de ánimo de cualquier niño ante ese miedo puede ser equivalente o peor (aún y la antítesis de la situación y de lo que ella implica), que el sentimiento del adulto. Por normal general, estos temores infantiles no suelen suponer realmente ninguna amenaza real, aunque para el niño sí pueden originar una reacción de ansiedad y, por tanto, repercutir negativamente a nivel personal y familiar.

Uno de los miedos más frecuentes en la infancia es el miedo a la oscuridad. Irse a dormir sin ningún tipo de luz es para muchos críos una de las fobias más perturbadoras. Es por eso por lo que muchos padres que quieren evitar ese mal trago a sus retoños, toman medidas y ponen la típica “lamparita” al lado que les dé algo de luz mientras terminan de coger el sueño.

Hoy, en esta nueva entrada en nuestro blog de Psicólogos Tortosa, queremos hablar, precisamente, de ese miedo a dormir solos y ofreceros algunos consejos para sobrellevar la situación, de la mejor manera posible.

¿Cuándo suele aparecer el miedo a dormir solo?

El miedo a la oscuridad suele aparecer en un porcentaje de uno de cada tres niños, entorno a la edad de dos años. Su disolución depende del propio valor del niño a superar ese miedo y de las herramientas que podamos ofrecerles como padres, para que lo enfrente y sepa manejarlo, sabiendo que, realmente, no hay nada por lo que temer cuando se apaga la luz, solo descanso y paz por unas horas, más que necesarias.

Algunas medidas, como decíamos, muy comunes entre los padres son los cuentos antes de dormir y acompañarlos en ese trance hacia el sueño profundo, o mantener una pequeña luz encendida en la habitación, que terminemos apagando cuando vayamos a dormir nosotros, sino es que ésta va con un control temporal que gradúe la intensidad y se apague, por completo, sola.

Es conveniente instaurar ciertas rutinas antes de acostarse. Éstas les ayudarán y tranquilizarán para que alcancen el descanso y sueño profundos que merecen.

¿Cuáles son sus miedos nocturnos?

El mayor temor que experimentan, en general, los niños a la hora de irse a dormir, suele estar relacionado con “lo desconocido”. Todos hemos pasado por ello, y aunque conocemos nuestra habitación al dedillo y a plena luz sabemos exactamente qué hay, y qué no, en esa estantería, o qué juguetes han podido quedar en el suelo; con la oscuridad todo se ve distinto. La imaginación, muy creativa en esta etapa, pone en marcha su engranaje y aumenta la percepción de nuestro sistema de alarmas particular. Cualquier posible ruido, sombra o movimiento, puede presentarse como una amenaza seria y muy real.

Si, además, el niño tiene pesadillas, es todavía más lógico que aparezca el miedo, ante la predisposición de lo que supone. En cualquier momento, cuando llegue la hora de dormir, temerá y huirá de la situación porque lo único que va a hacer es recordar que, en ese momento, empiezan las pesadillas.

¿Qué podemos hacer?

Además de las medidas que comentábamos anteriormente, y que son las más frecuentes que como padres aplicamos al sueño de nuestros hijos; a continuación, os dejamos otros consejos que también os servirán para que éstos concilien el sueño como es debido:

– Ayudarles a diferenciar el mundo real del fantástico. Es muy importante hacerles ver y diferenciar lo que es realidad de imaginación. Aquello que crean en su cabeza está solo ahí, en su mente, por lo tanto, los sueños y pesadillas, forman parte de algo que jamás podrá hacerles daño.

– Evitar contar historias de miedo. Atemorizarles, más si sabemos que son asustadizos de por sí, contribuye enormemente a agravar este proceso. Si queremos evitar el miedo, claramente, lo que no debemos hacer es alimentarlo. Contar a los más pequeños historias de seres como el hombre del saco o el Coco, no servirán para ganar en nada, al contrario, aumentarán su sensación de pánico. Y aunque, a priori, pueda parecer un recurso válido durante el día para conseguir que los niños se porten bien o hagan lo que queremos, cuando llegue la noche se acordarán, y un pequeño problema que podríamos haber solucionado con otras recomendaciones mucho más acertadas, comportará que nadie (ni ellos ni nosotros) duerma cuando toque.

– Acompañarlos está bien, pero no siempre. ¿Por qué? Se crea una dependencia de la que, después, puede ser difícil desapegarse. Lo ideal es hacerlo puntualmente y en caso de necesidad, pero en absoluto es recomendable que nos quedemos constantemente en su cama para hacerles compañía. Jamás lograríamos la autonomía que deben alcanzar, ni que enfrenten sus miedos y los superen, otra lección que se aprende de esta situación y en el proceso constante de los niños por crecer y formarse como adultos.