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Felicidad, ¡qué bonito nombre tienes!

Felicidad, ¡qué bonito nombre tienes! 

Uno de los mayores gestos que podemos (y deberíamos) realizar siempre es sonreír y admirar la vida con ese positivismo del que muchas veces carecemos. Aunque la realidad golpea con fuerza -sea ésta mejor o peor-; como se suele decir, los problemas que afrontamos traen consigo enseñanzas de las que podemos aprender y sacar algo positivo. Como adultos, este ejercicio venimos cultivándolo desde hace tiempo, pero es en los más pequeños en quienes debemos fijarnos para magnificar ese gesto y transmitirles ese pensamiento auténtico. No se trata de abrazar un positivismo ingenuo, ni de vivir a espaldas de la realidad, más bien hablamos de enseñar a encontrar lo bueno dentro de lo malo cuando, llegado el momento, sea necesario. De esta manera, conseguiremos facilitar enormemente la visión de la vida que tienen y que no entienden nuestros hijos y, de paso, también a título personal, podemos aprender a desarrollar esta actitud que nos permita educar a nuestros pequeños y signifique un reaprendizaje para nosotros mismos.

Enseñar a ser positivo, es aprender positivismo

Lastimosamente, nuestro cerebro está programado para repeler todo aquello que pueda dañarnos. La tristeza es una emoción mucho más profunda de lo que podemos llegar a imaginar, con repercusiones internas más elevadas que las que pueden ocasionar el resto. Es por este motivo que es de vital importancia educar, y reeducar, nuestro cerebro para hacerle ver que no sólo existen dos caras en una moneda (en este caso físico, sí sería así), pero hablamos de los distintos enfoques y puntos de vista que nos pueden conducir a seguir diferentes caminos con finales cambiantes en todo momento.

Por nuestras experiencias como adultos, hemos ido aprendiendo de esos altos en el camino. Nuestro cerebro sigue guardando en su memoria, día a día, el resultado de nuestras acciones, que no hacen más que configurar el mapa de las “autopistas neuronales” que se gestan en él y que se convierten en esa enseñanza -y/o hábito-, por las que volveremos a conducir ante una situación similar (si bien en ese momento, seguro tomamos un desvío distinto -o no- en base al resultado que obtuviéramos en anteriores ocasiones).

Si desde pequeños enseñamos a nuestros hijos a convertir esas carreteras en vías de un único sentido, con baches e, incluso, algunas de ellas sin salida, lograremos que se centren únicamente en lo negativo. A ver la vida con una actitud derrotista y a creer que los problemas son obstáculos a los que no se les puede hacer frente. Algo que no es así y que, del mismo modo, se puede convertir en una enseñanza y un hábito al que regresarán y del que no podrán salir. Es ahí donde como padres, y con la ayuda profesional requerida, debemos fortalecer ese vínculo positivo y garantizar el óptimo desarrollo y bienestar de nuestro futuro actual.

Un ejercicio feliz

Son muchos los ejercicios que podemos llevar a cabo para entrenar ese enfrentamiento a lo negativo y transformarlo en positivo en casa. Una técnica muy sencilla para enseñar a los más pequeños y con la que todos podéis aprender se basa en el “tarro de la felicidad”. La idea original, aunque existen sus variantes, se basa en disponer de un recipiente donde guardar anotaciones a diario, de algo positivo que nos haya sucedido.

Cualquier gesto, actividad… Todo vale siempre que nos haya transmitido ese sentimiento positivo y de felicidad. Para que surja efecto, realizad este ejercicio durante un tiempo prolongado. No valen sólo unos días, mejor hacerlo durante unos meses. Pasado ese tiempo, lo mejor es sentarse todos los participantes en casa y leer algunas de las notas con esos actos positivos que habéis escrito. De este modo, utilizando esta técnica lograremos grandes efectos, tanto en nosotros mismos, como en la mente de nuestros pequeños:

  • Los niños aprenden a apreciar los pequeños detalles diariamente.
  • Juntos practicamos el agradecimiento por esos momentos.
  • Aprenden a ver las cosas con otra perspectiva y a encontrar en cada acción una razón que les haga sentirse felices para seguir aumentando su renta.
  • Y, sin lugar a duda, construirán “autopistas neuronales” cargadas de positivismo; hábitos que les servirán en su siguiente etapa de crecimiento para saber afrontar los problemas con una actitud más proactiva.

Esperemos que ayudéis a vuestros hijos a ver lo bueno y positivo que hay tras cada paso que damos. Si les damos nuestra mano en esta pronta etapa de la vida, lograremos velar por su bienestar y su apropiada madurez.

¡Hasta la próxima!