Discusiones delante de los niños

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Discusiones delante de los niños

Todas las parejas discuten alguna vez. Por muy bien que nos entendamos con él o ella, el día a día y la rutina crean muchas tensiones y problemas. No siempre podemos estar de acuerdo en todo y cuando somos padres, uno de los temas que suele ser fuente de discusión son los hijos. Cuando esos enfrentamientos se dan en casa, lógicamente, la probabilidad de que éstos, además, se encuentren delante, es frecuente. El problema de discutir delante de los hijos es que puede generar sentimientos de culpa por su parte, viéndose responsables éstos de la discusión de sus progenitores. Es importante saber cómo resolver estos conflictos delante de los niños y cómo valorar en qué medida les ha afectado.

Por eso, hoy, en este nuevo artículo en nuestro blog, Rosa Mª Balsells Psicólogos Tortosa, queremos hablar sobre ello y haceros llegar cómo pueden sentirse vuestros hijos cuando presencian una pelea de estas características, y ofreceros algunos consejos para reducir el impacto que causan estos enfrentamientos.

Consecuencias de ser testigos de una discusión

Recientes estudios en investigación neurológica se han centrado en observar sí, realmente, existen o se producen consecuencias en los hijos cuando se encuentran en medio de una discusión entre sus padres. No sorprenden los resultados cuando se ha demostrado que, efectivamente, éstos no son indiferentes a los gritos de sus progenitores y se ha apreciado como sus hormonas del estrés se disparan.

Los padres son para los más pequeños su fuente de seguridad. Unas personas que, precisamente, transmiten -la mayoría del tiempo- ese remanso de paz, tranquilidad, amor, confort… Sensaciones que son muy dispares a cuando éstos presencian peleas donde reina el caos y esa balsa estable que es el hogar, se convierte en un lugar aterrador.

Esta respuesta en forma de estrés comporta que los niños se sientan inquietos y ansiosos, algo que, además, puede permanecer en el organismo del pequeño varias horas, influyendo, por ejemplo, en actividades tan necesarias como el sueño, mostrando éstos dificultades para dormir. Dado que los niños no pueden recurrir a los adultos que discuten en busca de consuelo, esas hormonas del estrés se acumulan, incrementando su miedo y manifestándose con cuadros de ansiedad, o en malos comportamientos desafiantes.

Sin olvidar que presenciar toda esa escena educa a nuestros hijos, de forma que éstos entienden que los desacuerdos entre adultos se manejan mediante gritos, golpes, portazos o todas las muestras que demos de ello a nuestros pequeños en una pelea con nuestra pareja.

¿Son un buen ejemplo las discusiones para su desarrollo personal?

Entrando en este ámbito más educativo de las discusiones entre adultos y los aprendizajes que nuestros hijos pueden sacar, realmente ¿es bueno que sean testigos de ellas y saquen sus propias conclusiones?

Con mucha cautela diremos que sí. Que es importante -además de, como decíamos, inevitable- que nuestros hijos vean discutir a sus padres. El kit de la cuestión reside en cómo gestionamos nosotros, como adultos, la situación y cómo pretendemos que ellos tomen ejemplo de esas riñas para su particular desarrollo personal. Es bueno que los niños vean a los adultos en desacuerdo entre ellos, pero, respetuosamente. Desacuerdos saludables en los que los dos progenitores sepan llevar la situación, por mucho que los ánimos se calienten un poco, y resolver las desavenencias rápidamente, siendo los más pequeños testigos de la discusión, pero también, de cómo los padres lo arreglan y se piden perdón.

En este momento, es fundamental trabajar con sumo cuidado las pequeñas diferencias que surjan con nuestra pareja frente a los hijos, evitando siempre las faltas de respeto y los gritos. Puede resultar de ayuda hablar con nuestro cónyuge de antemano, incluso antes de la crianza de un hijo, sobre como sobrellevaríamos situaciones de esta índole, sabiendo que, quizás, podemos evitarlas y posponer esos desacuerdos hasta que los niños no se encuentren delante. O, si es imposible por las propias hormonas que nos invaden a nosotros en ese instante, tener un “seguro”. Una palabra o código que indique que esa discusión hay que seguirla y se deben hablar las cosas para solucionarlas, pero que quizás en ese momento y frente a los más pequeños no es el más adecuado.

El problema no es gritar una vez

Si a pesar de todo, no podéis evitar gritaros o deciros cosas irrespetuosas delante de vuestros hijos, no debéis asustaros por causar a los pequeños un gran trauma. Como decíamos, estas situaciones son inevitables, muchas veces, y educativas en su justa medida. El factor de riesgo reside en convertir estas experiencias poco comunes en reiteraciones repetitivas, es decir, pelear a menudo delante de ellos.

Una forma de mediar en ello es considerar, en pareja, el tono de vuestras interacciones, a través de los ojos de vuestros hijos. ¿Realmente peleáis a menudo? ¿Os dejáis llevar por el calentón del momento? ¿Sabéis mantener un tono respetuoso estando en desacuerdo? ¿Os gritáis? ¿Las acusaciones son argumentos o ataques y reproches sin más? Finalizada la riña, si vuestros hijos han sido testigos de ella, ¿les hacéis partícipes de igual forma de cómo hacéis las paces?

Ser conscientes y, sobre todo, llevar a cabo todas estas buenas prácticas, ayudarán en vuestra relación y crearán una conexión saludable para que vuestro hijo vea y aprenda cómo comportarse durante una discusión adulta y saber cómo resolver los problemas de forma pacífica, sin acudir a gritos y faltas de respeto.