Aprender a gestionar las rabietas infantiles

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Aprender a gestionar las rabietas infantiles

Existen momentos en la crianza de cualquier hijo en los que podemos llegar a desesperamos y perder por completo los nervios ante las denominadas “rabietas infantiles”. Tratar de hacer entrar en razón a nuestros pequeños cuando se sucede esa situación es complicado, o por lo menos, así resulta cuando lo único que queremos es acallarlo y no podemos, especialmente cuando esas pataletas se suceden en público y nos avergüenza el espectáculo que podamos estar ofreciendo al resto de espectadores.

Comprender los motivos por los qué los niños se comportan así y saber actuar correctamente, deviene la clave para afrontar y gestionar, como es debido, las rabietas de nuestros hijos.

¿Dónde empieza todo?

El origen de las rabietas suele situarse en torno a los dos años de edad, cuando los niños comienzan a desarrollar su particular “independencia” precoz y quieren explorar por su cuenta. Entonces, llega ese momento en el que no es muy de su agrado que sus padres les digan qué pueden, o no, hacer y, con más inri, que no les dejen hacer, precisamente, lo que quieren. Aunque sí saben que ansían esa libertad, no llegan a comprender la magnificencia de ésta y lo que entraña. No cuentan con el concepto de “después”, por el contrario, lo quieren ahora y como no se produzca así, reaccionan a través de las rabietas.

Para entender este comportamiento debemos comprender (aunque cueste) que un niño con dos años todavía es muy pequeño y no ha aprendido aún a expresarse para argumentar su disconformidad con las decisiones de sus padres (los “no”, obligarles a dejar de hacer algo, enfados, llamar la atención…). Esta incapacidad para expresarse, les irrita y frustra aún más que los planes que no les apetece cumplir.

Qué no hacer ante una rabieta

Como decíamos, es importante no perder los estribos y saber conducir la situación para que ello no vaya a peor. Ser conscientes del papel que debemos desempeñar, de modo que podamos gestionar, como es debido, las rabietas de nuestros pequeños.

  1. No ceder a sus deseos. Cada rabieta es un enfado del niño por no lograr lo que quiere. La capacidad de presión para conseguir que se lo den, con tal de que se calle, no debe achicarnos. Ante esta situación, lo más importante es saber mantenernos calmados, y observar que, pasado un rato, cuando se dé cuenta de que no consigue lo que quiere aún y los lloros y gritos, él mismo cederá.
  2. Gritos y golpes. Aunque sea lo que más nos apetezca en ese momento, alzar la voz por encima de la de nuestros hijos no servirá de nada. Tampoco castigarles por no saber expresar lo que quieren, ni pegarles. Todo ello conduce a un empeoramiento del conflicto.
  3. Perder los nervios. Alterarse, malhumorarse, ponerse nervioso… Cualquier reacción que se aleje de la de permanecer como si no sucediera nada, contribuye a implicarse y dar más importancia a la rabieta. Debemos dejar claro el mensaje, y es que no vamos a acceder a ello, menos todavía, con ese comportamiento. Hasta que no se calmen, debemos buscar la forma de “ignorarlos”, aun cuando sus gritos y llantos nos hagan sentir mal.

Cuando logremos ver un apaciguamiento y la rabieta desaparezca, es momento de gestionarla. Nuestra actitud debe mostrar cariño y comprensión, e ir acompañada de un mensaje en el que les hagamos saber a nuestros pequeños que, ahora sí, estamos felices porque ya se han calmado por sí solos y, de forma “independiente” les hemos ayudado a desarrollar su particular autonomía. Hablar con ellos e intentar hacerles ver que cuando tengan un problema pueden pedir ayuda, de modo que sigan aprendiendo a expresarse y comunicar sus sentimientos.

¿Podemos prevenir las rabietas?

Por suerte, las distintas etapas del crecimiento nos enseñan, y ello nos ayuda a comprender y a superar la fase de las rabietas cuando ya sabemos expresarnos y comunicar lo que queremos. Esas pataletas son algo pasajero y no durarán para siempre, pero si queremos disminuir las probabilidades de sufrir muchas, saber cómo gestionarlas es la clave.

Un detalle que nos llevará a prever la posible aparición de una rabieta es fijarnos y analizar los distintos comportamientos del niño. Tratar de averiguar cuándo se producen estas reacciones, identificar patrones reincidentes y detectar la causa que las origina, nos llevará a actuar antes y, así, poder evitarlas.

Gestionar las rabietas de los niños es una tarea complicada emocionalmente, tanto para los adultos, como para los más pequeños, que contribuye a la generación de sentimientos encontrados: enfado, culpa, nerviosismo, tensión, etc. Hay que mantener siempre la calma y ser firme aún y cuando parezca imposible no sucumbir. Esas enseñanzas suponen un modelo de comportamiento que les permitirá, sin quererlo, gestionar y comprender sus propias rabietas e ir creciendo, poco a poco.